La construcción de la esperanza...

10.02.2014
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La construcción de la esperanza y el trabajo de sueños en grupo

Arturo E. Etienne Garza

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Introducción:

A partir de los problemas que tuve para escribir mi tesis de maestría, debido a los irregulares avances y retrocesos, cambios de enfoque, abandonos y renuencia en algunos momentos, me di cuenta que mi problema tenía que ver con el manejo personal que tengo de la frustración.

Esquemáticamente lo pondría como: Ante la frustración del deseo, me evado y compenso con fantasías grandiosas que me alejan de la realidad de mis propias limitaciones y me com-prometen temporalmente con otros proyectos que me distraen del verdadero meollo: reconocer mi vulnerabilidad y seguir adelante. Por tal razón, recurrentemente entro en periodos de desesperanza “aparentemente” sin sentido. A partir de este “darme cuenta” propuse una hipótesis: el manejo de la frustración de los deseos es crucial para la permanencia de la esperanza en la vida de las personas. Este proceso se ve revelado en la manera especial como la persona construye su sueño.

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I. Categorías básicas: Deseo, frustración, esperanza y desesperanza

Dentro del ciclo de la experiencia, desear está justamente en la formación de figura. El deseo es una gestalt inconclusa, en tanto que no se contacte con el objeto satisfactor. Mientras no se cierre, los seres humanos lo intentamos una y otra vez, repitiendo patrones rígidos o haciendo variaciones creativas. Lo hacemos porque “construimos algo” entre la tensión organísmica y el entorno: la simbolización (pensar, imaginar, fan-tasear), capaz de sostenernos en la lucha, reconnotar nuestros fracasos, apuntar hacia nuevas estrategias, redefinirnos en nuestra identidad y matizar la relación con el entorno. El deseo, en tanto no se resuelva, implica un excedente de ener-gía organísmica “dispuesta para”. Al tener una doble cualidad de “faltante” (la carencia cimentada en nuestra identidad) y de “promesa” (el satisfactor dentro de un contexto), determina nuestra persistencia o nuestra renuncia. Los deseos no satisfechos constituyen “asuntos inconclusos” que permanecen en el organismo y constituyen el alimento principal de nuestros sueños ansiógenos (aquellos cuyo tinte emocional es la ansiedad en cualquiera de sus modalidades). Éstos nos recuerdan que falta por hacer algo más.

Deseo

Mientras que la necesidad se vincula a un déficit biológico que genera el estado de desequilibrio organísmico, con todas sus manifestaciones psicofisiológicas (tensión, ansiedad, activismo, irritabilidad, etc.), el deseo, vinculado directamente a ella, responde más al procesamiento que el ser humano realiza sobre dicha situación de deficiencia en relación a un grupo extenso o reducido de satisfactores que el medio ambiente proporciona o no en un momento dado. Es decir, en la necesidad sólo sentimos la incomodidad física. En el deseo, fantaseamos acerca de lo que nos va a satisfacer, planeamos las estrategias, valoramos su importancia (tanto de la necesidad, como de la estrategia y del satisfactor), le damos dirección al acto, hacemos suposiciones acerca de por qué debe o no ser así y, por supuesto, nos construimos a nosotros mismos en el proceso de desear. Todos los organismos tenemos necesidades, los humanos además deseamos y cuando lo hacemos construimos una realidad posible.

Como ejemplo está el “sentir mucha hambre” al grado tal que ingiramos casi cualquier cosa comestible y “tener un antojo de” donde el satisfactor está precisado con exclusión de otros.

Construimos el deseo de cierta manera a partir de nuestra etapa del desarrollo en un contexto concreto. Por ejemplo, el deseo de un niño de cinco años se construye, en principio, de forma egótica, fantástica, a diferencia del adulto cuyos esquemas cognitivo-afectivos le permiten otro tipo de producción. No obstante, la construcción primitiva del deseo permanece a través del tiempo y se trasmina en las fantasías y los sueños. El nivel de desarrollo de dichos esquemas también va a ser decisivo en la tolerancia a la frustración del deseo y el manejo de la misma.

El deseo, cuya base es eminentemente emotiva, conduce inevi-tablemente a simbolizaciones que a su vez alteran nuestros estados anímicos y por lo tanto nuestras decisiones. Sólo que la simbolización es la resultante de un encuentro entre el organismo y su entorno y como tal se da en la frontera-contacto. Decir que la representación sólo es del sujeto es, desde este enfoque, como si dijéramos que la espuma es algo muy dife-rente a las olas del mar, cuando es más bien el resultado de su movimiento.

En tanto que seres que no se conforman con tomar del medio lo que les hace falta, sino que además, lo transformamos y queremos comprenderlo (por no decir someterlo), los humanos estamos irremediablemente destinados a desear.

El deseo no implica la acción consumatoria, aunque guía en la elección de esta entre varias posibilidades. Tampoco signifi-ca que dicha acción sea lógica o acertada, eso va a depender del proceso de construcción del deseo, de la información que se incluya, de su precisión, del equilibrio entre la experiencia inmediata del individuo y los procesos de memoria biográfica, los esquemas cognitivos/emotivos para abordar problemas y los criterios para evaluar tanto la condición física del organismo como el contexto en el que se da (Greenberg, Rice & Elliott, 1996). Para los fines de este texto consideraremos que el proceso de desear implica por lo menos cuatro elementos básicos a partir de los cuales se da este tipo de experiencia.

  1. Una necesidad vivida en términos de tensión corporal y el recuerdo de la satisfacción de este mismo estado de carencia.
  2. La imagen de un objeto (o grupo de objetos) del medio ambiente al que se asocia dicha satisfacción y que da significado.
  3. Algún tipo de evaluación del contexto donde nos encontramos a partir de suposiciones sobre la legitimidad, posibilidad y merecimiento de la satisfacción de nuestro deseo, entre otros factores.
  4. La identidad propia que se construye a partir de cómo se organizan lo que sentimos y lo que pensamos de nosotros mismos. (Branden, 1999). Implica una configuración que se plasma en una narrativa evidente (se lo decimos al otro), privada (nos lo decimos) o latente (aunque influyentes, de momento, no nos damos cuenta de las suposiciones o juicios en torno a nosotros mismos) como resultado de las consecuencias de satisfacer o no nuestro deseo.

Desear es entonces, configurar nuestros procesos cognitivos (ideativos, imaginativos, fantasiosos), corporales y emotivos a partir de una situación de carencia en un momento dado. Por tal razón, el deseo es una construcción con diversos niveles de complejidad que abarcan desde el deseo en torno a la gratificación inmediata e impulsiva, hasta el deseo que puede postergarse y se sustenta en complejas transformaciones de la información: una lectura profunda y detenida del contexto nos permite comprender la situación donde nuestro deseo busca su satisfacción y verificar tanto la factibilidad del mismo como sus implicaciones.

El riesgo implicado forzosamente en cualquier acción que intenta satisfacer el deseo es el fracaso y lo vamos a vivir de-pendiendo de cómo construyamos nuestro deseo, es decir, qué tanto se conjugan los cuatro aspectos mencionados (ne-cesidad, objeto, identidad y contexto); con qué claridad y conciencia para el individuo, bajo qué hechos y bajo qué suposiciones. Ello, por lo tanto, influirá poderosamente en cómo procesamos el resultado. Por ejemplo, qué tanto el fracaso lo percibimos como índice contundente de nuestra irremedia-ble torpeza o como una oportunidad de aprendizaje y desarrollo.

Frustración

Si hablamos del deseo forzosamente tenemos que hablar de frustración. La frustración también se da en la línea divisoria entre el individuo y su entorno. Hay un deseo que nuestra interacción con el medio no pudo satisfacer. Más que un sen-timiento específico es una disposición emocional, en el sen-tido que le da Agnes Heller, y como tal nos induce una amplia gama de sentimientos: enojo, tristeza, miedo, vergüenza, envidia, celos, etc.

Dicho estado sobreviene a la experiencia de fracaso: demanda (organismo) y negación (ambiente), que nos hace recordar nuestra vulnerabilidad. Habría que ver cómo la hemos procesado a lo largo de nuestra vida y cómo antiguas formas de significarla siguen vigentes hasta el día de hoy. Tanto el cómo construyamos el deseo como la forma peculiar en que procesemos la vulnerabilidad de la experiencia de fracaso, determinará si iniciamos un ciclo de esperanza o de desesperanza.

Nuestro desarrollo bien podría plantearse en términos de las habilidades que vamos adquiriendo para tolerar y superar las situaciones de fracaso, tanto si se trata de la caída que un be-bé de once meses tiene como resultado de su torpeza (falta de maduración neuromuscular), como si hablamos de no aprobar el examen de grado. La adquisición de la capacidad de caminar o de convertirnos en escritores parte de cómo aprendimos a capitalizar nuestros fracasos, a desarrollar nuestras áreas de oportunidad, a persistir en la dirección correcta, a buscar otros contextos más apoyadores, etc. Desarrollarnos es aprender a lidiar con la frustración.
El sueño frecuentemente es un intento de clarificar el deseo, que reproduce la forma que en la vida real tenemos de construirlo, con todos sus aciertos e imperfecciones. Quien cuenta un sueño te habla de su deseo desde una posición más segura pues se trata de una narrativa extraña y aparentemente sin relación alguna con su realidad. Pero finalmente lo expone y de alguna manera te invita a que entres en su mundo, aunque no lo entiendas. Es el medio para incluirse socialmente desde una problemática obvia: no entiende por qué soñó eso pero lo cuenta. Si además quiere profundizar en su significado entonces atiende al llamado de un aspecto sabio de sí mismo…el de la esperanza.

Esperanza

Basado en Erick Fromm entiendo por “esperanza” la disposición para seguir en la vida con todo lo que nos ofrezca, con la confianza de que podemos salir adelante, pese a nuestros fracasos, limitaciones o desgracias imprevistas.

En tanto que rasgo caracterológico, la esperanza encuentra indiscutiblemente su soporte en las condiciones del desarrollo de cada individuo. Erik Erikson la propone como el logro de la primera fase del desarrollo: confianza básica vs. desconfianza. En lo personal me parece que es un estado anímico que vertebra la vida humana.

Desesperanza

Si bien podría considerarse la “desesperanza” como la ausencia de esperanza, creo importante definirla La desesperanza tiene que ver con la dificultad que tenemos para sostenernos en la vida cuando nos enfrentamos a situaciones adversas que nos generan frustración.

Erik Erikson explica la instalación de la desesperanza en términos de la desproporción entre las experiencias que generan desconfianza, respecto a las que favorecen lo contrario.

No obstante, estos abordajes no permiten precisar aún la configuración de la experiencia subjetiva, el “cómo” la construimos, trátese de la esperanza o de la desesperanza.

La construcción de la esperanza y de la desesperanza

Se entiende por “construcción de la esperanza” el proceso de configurar nuestra experiencia subjetiva a partir de la interacción que sostenemos con el medio en situación de frustración, a la forma de procesar y organizar nuestras cogniciones y sentimientos, al modo peculiar que tenemos de fluir en el ciclo de contacto. Distingo las siguientes etapas:

  • Reconocimiento del límite que el medio ambiente nos impone.
  • Asumir la situación como un problema que nos implica: nuestro deseo persiste y hay un obstáculo que nos impide satisfacerlo.
  • Inconformarnos con esta situación: es una mezcla entre no aceptación y confianza en que puede ser diferente.
  • Reconocernos y aceptarnos a nosotros mismos como seres con limitaciones: finitos, solos, libres y responsables de nuestra vida (humildad).
  • Distinguir entre lo dado (lo que es así y no de otra forma) y lo posible (lo que aún no es y puede llegar a ser).
  • Buscar la solución creativa que considere todo lo anterior. Aceptar que ni aun poniendo nuestro 100% hay garantía de que las cosas van a resultar como deseamos (renuncia a la meta y compromiso con el proceso).
  • Tomar la iniciativa que nos diferencie ante otros y simultáneamente nos integre socialmente.
  • Aceptar el resultado, sea cual sea.

En contraposición, la construcción de la desesperanza se desdobla a partir de:

  • Reconocimiento del límite que el medio ambiente nos impone.
  • Asumir la situación como un problema que nos implica: nuestro deseo persiste y hay un obstáculo que nos impide satisfacerlo.
  • Inconformarnos con esta situación: es una mezcla entre no aceptación y confianza desmedida en que puede ser diferente.
  • Rechazo hacia nuestros propios límites como seres humanos (omnipotencia).
  • Problemas para discriminar entre lo dado, lo factible y lo posible (distorsión de juicio).
  • Buscar el ajuste creativo que justifique la omnipotencia (proyección).
  • Búsqueda desesperada del éxito a través del sobrecontrol: activismo y dispersión.
  • Retraimiento, interrupción y postergación (egotismo).
  • Insatisfacción permanente con lo obtenido, pasividad y probable depresión.

Pese a plantearlo de manera polarizada, en realidad hay un continuo entre la esperanza y su antagónica, en el que nos podemos ubicar a cada momento de nuestra existencia. El que la balanza se incline hacia un lado o hacia otro y el que permanezcamos más en un extremo que en otro, depende a mi juicio de lo que ocurre a partir de la cuarta fase: qué tanto asumimos nuestra vulnerabilidad inherente a la especie. No obstante, tampoco es suficiente, además hay que tomar en cuenta nuestros recursos para afrontarla.

Vulnerabilidad, soledad y contención grupal

La situación de frustración, entre otras, nos conduce a la experiencia de vulnerabilidad, entendida como la vivencia de ser incapaz, de carecer de los recursos personales, los apoyos contextuales o ambos, para poder satisfacer el deseo. Sí además agregamos que no compartimos con alguien esta experiencia compleja porque tememos al rechazo, la compasión, la minusvalía, entonces, la sensación de desconexión con el mundo agrava el asunto. El miedo, el enojo, la tristeza y la vergüenza se vuelven sentimientos habituales.

Bajo la creencia de que nosotros podemos solucionar los problemas sin hablarlos con nadie, podemos llegar al extremo de las renuncias absolutas (“No vuelvo a confiar en nadie”, “No vuelvo a ilusionarme por nada”), a los empecinamientos contraproducentes (metas cada vez más ambiciosas que incrementan la probabilidad de otro fracaso), a las continuas interrupciones de proyectos, a la insatisfacción constante… a la desesperanza.

Si el fracaso se comparte y es recibido, aceptado y comprendido por otros, con todo lo que implica –deseo, obstáculos y vulnerabilidad- es más fácil que el individuo atraviese la crisis y pueda volver a apropiarse de sus competencias para reorientar su búsqueda en la satisfacción del deseo. Para que la persona pueda hacer esto, debe haber tenido un mínimo de experiencias positivas en las dos grandes necesidades que permean el desarrollo humano: la de afirmación/diferenciación y la de integración. Rechazos repetidos tempranos por parte de figuras significativas en torno al deseo experimentado, a su expresión, a la aspiración a satisfacerlo y al fracaso al intentarlo; así como exclusiones reales o simbólicas de los primeros grupos de pertenencia (familia, grupo escolar), generan mecanismos de evasión, principalmente en lo que se refiere a compartir con otro ser humano la experiencia de vulnerabilidad. Ni qué decir, si además, se ha vivido frecuentemente la experiencia de la injusticia en cualquiera de sus modalidades: traición, abandono, discriminación o abuso.

La experiencia de soledad que sobreviene entonces, no tiene necesariamente que ver con la ausencia de compañía, ni tampoco con el acto introspectivo propio de la inevitable soledad existencial. Está más próxima, en todo caso, a la sensación de abandono emocional y de aislamiento. La primera deriva de la falta de empatía por parte de los demás durante nuestras crisis. Con ello me refiero a:

  • la exclusión (no somos vistos),
  • la incomprensión (sí nos ven pero no entienden),
  • el rechazo (nos ven, entienden y no nos aceptan).

El aislamiento es la sensación de estar en una especie de burbuja desde la que vemos un mundo con el que “no podemos comunicarle” lo que nos sucede. Cuando lo que el medio ofrece es tan diferente a nuestra vivencia y el lenguaje habitual no nos basta para conectarnos con el otro, la falta de resonancia en el entorno, induce a creer “estoy mejor solo con lo que me pasa” y por el contrario, nos vuelve más vulnerables. En tanto que somos seres de relación, si el proceso de establecer y mantenerlos vínculos se altera, nuestra supervivencia psicológica y física se pone en riesgo. Amén de los factores neurofisiológicos implicados, quizás ésta situación –sensación de abandono emocional y aislamiento- llevada al extremo sea la base de algunos trastornos psicóticos.

Por todo lo anteriormente expuesto, el trabajo de sueños en grupo puede generar las condiciones mínimas que se requieren para ensayar la confianza en el otro, asumir la vulnerabilidad y recuperar la esperanza. Esto puede darse para cada uno de los participantes: el soñante, el terapeuta y el resto de los miembros. En el primer caso, el sólo hecho de contar su sueño es mostrar simbólicamente al terapeuta y al grupo su deseo (y frustración) de una manera segura, pues los significados no emergen aún de manera explícita. A medida que avanza el proceso y los insights surgen, la formación de figura-fondo y su expresión verbal se constituyen en la herramienta fundamental no sólo para descifrar los deseos frustrados, sino para devolverle al soñante la oportunidad de diferenciarse e integrarse a un grupo que suele identificarse con su tema, lo respeta y lo contiene en su expresión de vulnerabilidad.

Para el resto del grupo, sobre todo cuando le devuelven sus vivencias al escuchar el sueño, oír otra versión de sus mismos temas de vida y poder dar el soporte que quizás ellos no tuvieron en situaciones similares, es una forma relativamente indirecta de repararse en su capacidad de autoapoyo, expresión y confianza en el otro. El sueño, relatado y procesado, también tiene un efecto sensibilizador en los otros participantes que los lleva a correr el riesgo de hacer lo mismo: hablar sobre sus deseos y vicisitudes en la satisfacción de los mismos y aventurarse a descubrir verdades muchas veces conocidas, más no ventiladas ante otros.

Para el facilitador, además de lo anteriormente expuesto, trabajar un sueño puede ser una fuente importante de sentido, puesto que apoyar al soñante en el proceso de desentrañar sus significados y facilitar el procesamiento en el resto de los miembros, lo hace tocar su propia vulnerabilidad y asimilarla como una posibilidad siempre vigente en cualquier trabajo de sueño. Es decir, nunca se puede estar seguro del rumbo que tomará el significado del sueño; ni cómo va a repercutir en el resto del grupo, incluso de cómo lo puede impactar a él mismo. Tampoco hay fórmulas a las cuales pueda aferrarse para evitar el fracaso en el deseo de lograr que el otro incremente su darse cuenta. Sólo aporta su experiencia, que como dijimos no lo hace infalible; aporta su sensibilidad y capacidad creativa para co-construir otras respuestas no consideradas por el soñante, pero factibles, en un intento para que supere el sentimiento de impotencia que la frustración de sus deseos le ha impuesto el medio.

Si vemos al trabajo de sueños en grupo como el encuentro de historias explícitas e implícitas de deseos frustrados y además se diseña un ambiente de confianza, aceptación y respeto por la genuina expresión de la vivencia de los participantes, bien podría considerársele como una oportunidad reparatoria de nuestras necesidades de afirmación y pertenencia que nos puede salvar de los valles de la desesperanza. Este tipo de ambientes (diseñados desde la confianza) y el tipo de tareas grupales que se promueven, como la expresión de asuntos dolorosos, constituyen, cuando se combinan, un importante elemento de resiliencia para todos los participantes.

Bibliografía

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